domingo, abril 01, 2007

martes, marzo 13, 2007

Guíame tú, Mamacha Candelaria

La Mamacha Candelaria ya sabía que yo no era devota, y aún así me llevó a su fiesta, a Puno, a esa ciudad marrón y desordenada, que vive sentada sobre su pollera azul profundo, el Titicaca, y que en febrero se para a bailar en interminables días por su venerada patrona.
La Mamacha Candelaria sabía bien que yo iría a verla y a decirle: A ver, Mamacha, he venido, y ahora ¿qué me das? Y la Mamacha me dio vida, y me quitó un trozo de mi corazón. Encerró mi alma en una cañita de zampoña y la sopló después para hacerla bailar entre el cielo y la tierra del altiplano, aturdida y eufórica, envuelta en el trance continuo, en el chillido pictórico de su fiesta.
También sabía la Mamacha que cuando yo fuera a su fiesta, un chicote de caporal amarraría mi garganta y que el cuerno en espiral de un diablo brillante atravesaría mi traquea para dejarme sin habla . Y, por supuesto, sabía la Mamacha que la saya brincada de un sambo convertiría mi corazón en uno de los cascabeles que se alocan contra el golpe de sus botas. Y que mi cabeza se iba a extraviar en círculos siguiendo el laberinto volador de las cholas que amaestran sus polleras como tartaletas de milhojas en una cajita musical, cuya cuerda dura hasta la eternidad. Y también que un siku sacaría de su chuspita unas hojitas de coca, las pondría en la palma de mi mano y leería en ellas lo que yo ignoraba, lo que sólo la Mamacha sabe si pasará o no.
Todo eso sabía de mí la Mamacha Candelaria, antes que yo misma, y todo eso ocurrió delante de mí, conmigo, dentro de mí, cuando viví en Puno lo que estas fotos tomadas en febrero de 2007 apenas logran transmitir; cuando una de las fiestas más grandes del Perú me entró directa al alma, sin pasar por el objetivo de mi cámara.
Si después de verlas, alguien siente la invitación de la Mamacha Candelaria, que la visite en su próxima fiesta. Y al terminar, cuando ya no le quepa en el cuerpo la emoción, que vaya al Titicaca y se persigne con su agua bendita para darle las gracias a la Mamita. En ese inmenso mar interior estarán también las lágrimas felices que a mí tampoco me cupieron más en el corazón. Rocío Santillana. Lima, febrero 2007